domingo, 17 de agosto de 2014

EL NAGUAL. CARLOS CASTAÑEDA

Parte treinta-i-nueve del capítulo dos.
(seguimos con la aventura Äfricana de la autocompasión)

En Äfrica están tan acostumbrados a la muerte que la viven como si fuera de lo más normal. El jefe de policía, mencionado en la entrega previa, se bajó chulescamente del coche, se dirigió al ladrón, sacó la porra y empezó a macerarlo a golpes el solo, tenía que demostrar a todos quien era el que mandaba en esas situaciones y además lo podía hacer de manera legal. Los autores se acercaron para preguntar ingenuamente si el procedimiento a seguir no era el de rigor: detenerle, llevarle a la comisaría, interrogarle en presencia de su abogado y llevarle ante el Juez, tras un periodo de cárcel que depende de lo ocupado que esté su señoría. El jefe y todos los trabajadores se quedaron estupefactos y con ganas de estallar en carcajadas, pero éste, serio y con mando absoluta sobre la vida y la muerte del pobre ladrón les indico que trajeran el coche. Cuando lo tuvo a su lado pidió a los autores que abrieran el maletero con la clara intención de meter ahí al ladrón. Lo hizo aprovechando para darle unos cuantos golpes más. Ante el comentario de por qué no le metía en el asiento de atrás, los autores seguían en racha con lo de la compasión por los demás, el jefe riendo le contestó que le parecería bien siempre y cuando tuviera unas esposas o bien los autores se sentaban con el ladrón en el asiento de atrás mientras conducía, e incluso apuntó una tercera posibilidad, atarle las manos con una cuerda larga para llevarle corriendo amarrado fuera del coche. Hasta a los autores les pareció razonable la opción de maletero y condujeron con gran cuidado el corto trayecto hasta la comisaría-cárcel. Una vez allí llevaron al ladrón, arrastrándole, hasta una de las varias celdas todas absolutamente abarrotadas de una manera imposible de imaginar.
Fueron después al despacho del jefe que inmediatamente les pidió el soborno de rigor por su esfuerzo y los trámites realizados. Los autores, tras la vista de aquellas celdas pagaron gustosamente y se fueron pensando que habían salvado la vida del pobre ladrón.
Una semana más tarde el jefe de policía se acercó a los autores para informarles que debían de pagar los siete días de manutención y estancia del ladrón si querían que permaneciera en la cárcel cumpliendo su condena. Por el precio, debían tenerle en un hotel europeo de cinco stars. Estos alegaron que no tenían el más mínimo interés en que estuviera encerrado y que podían soltarle inmediatamente. El jefe, que lo tenía todo planeado, les argumentó que, en ese caso, debían pagar cuatro veces más por todos los trámites ocultos que debía realizar para soltarle, pero que tuvieran en cuenta lo mucho que se ahorraban si tenían que pagar su manutención durante varios años. Visto así, no parecía un mal negocio para ambas partes y para el ladrón, sobre todo, ya que quedó libre y aunque nunca supieron nada más de él, es casi seguro que su vida acabó mal, pero si aún vive, el pequeño espíritu de los autores le desean lo mejor.
La duda real que queda tras esta enternecedora historia de la compasión por los demás por parte de los autores es si lo hicieron por ese motivo o por autocompasión en vista de la situación que vieron en las celdas de la cárcel y pensaron que en cualquier momento podrían ellos mismos acabar encerrados. Es más, por un instante pensaron que ya estaban dentro pero creyendo que eran libres.
Quizás la vía de escape de la cárcel en la que vivís esté en el Chamanismo y en la genial descripción que el Nagual Don Carlos Castaneda hace de las enseñanzas del Nagual Don Juan.
“ Cada paso que se da en el aprendizaje es un atolladero, y el miedo que el hombre experimenta empieza a crecer sin misericordia, sin ceder. Su propósito se convierte en un campo de batalla. Y así se ha tropezado con el primero de los enemigos naturales del hombre: ¡el miedo!.”



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