domingo, 12 de abril de 2026

Poema de las manos vacías.

 

Para todas las familias que han tenido que huir con lo puesto...






No hubo piedad para mi abuelo,

no la tuvo la tierra con su cuerpo partido.

Los Chulavitas vinieron como el hambre,

como el silencio que precede a los gritos.


Mi madre me cargaba en el exilio

de nuestra propia patria,

yo tenía tres años, tal vez cuatro,

y ya el miedo me andaba en las costillas

como un segundo esqueleto.


Caminamos con lo puesto.

Las fincas quedaron atrás como promesas rotas,

los caballos, las cosechas, los patios,

todo eso que era el mundo

se volvió polvo en el espejo retrovisor.


Jamundí nos recibió con otras manos,

Cali nos dio techo y también olvido,

porque uno aprende a vivir con las heridas

como quien aprende a caminar sin sombra.



Pero esto no es solo mío.

Esto es de las mujeres que cruzan el Darién

con un niño en el pecho y otro en la memoria.

Es de los campesinos de Myanmar, de Siria, de Guatemala,

es de los que huyen del hambre en Somalia,

de los que el río Bravo se tragó de madrugada.


Esto es de los padres de Ucrania

despidiendo a sus hijas en una estación de tren,

de los niños palestinos que aprenden a contar

por escombros en lugar de estrellas,

de los que cruzan el Mediterráneo en barcas de juguete,

de los que el desierto borra sin dejar nombre.


Porque la barbarie tiene muchos rostros

pero una sola firma:

la del que decide que otro no merece su tierra,

su pan, su lengua, su respiración.



Mi abuela Rosa Tulia reconstruyó desde el vacío.

Mi bisabuela Raquel vio la maldad de cerca

y aún así nos dijo: no rendirse.

Y yo hoy digo:

no hay familia en este planeta

que no guarde un éxodo en sus huesos,

una noche sin luna, una maleta rota,

un adiós que no terminó de decirse.


No hubo piedad para mi familia.

Pero mi familia no calla.

Y mientras uno hable

con la verdad en la boca,

la piedad será inútil,

porque lo que pedimos no es lástima:

es justicia, memoria, y un alto definitivo.


Que nunca se olvide.

Que nunca se repita.

En Colombia, en Gaza, en Ucrania, en Sudán,

en cada rincón donde a un niño de cuatro años

lo cargan mientras huye.


Armando Rodríguez Morales

Sobreviviente que no olvida

Hijo de una tierra que sigue pariendo exilios


DAHARA VIDYA...

Armando Rodriguez Morales.

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