lunes, 29 de junio de 2026

EL DIEZMO DE CONSCIENCIA.


Observo con escalofrío la ansiedad que destilan los fanáticos fundamentalistas de la ultraderecha colombiana. No es un desacuerdo político: es una sed apenas contenida, un hambre de ver correr la sangre del progresismo. Lo disfrazan de defensa de la patria, pero en sus arengas y en sus gestos se huele el viejo olor de la hoguera.




Lo más amargo no es su odio —que ya esperaba— sino la máscara con que lo cubren. La mayoría se dice cristiana. Los mismos que vitorearon con fervor a quienes siembran el miedo son los que ahora blanden su Biblia como si fuera un arma. Y yo me pregunto: ¿dónde quedó ese cacareado amor al prójimo del que tanto predican? Porque el amor que yo veo es el mismo que practican sus pastores y guías con los diezmos: un amor que exige, que devora, que condiciona y que, al final, siempre termina engrosando sus propias arcas o su propio poder.

No me vengan con parábolas de misericordia mientras afilan los cuchillos de la intolerancia. No me hablen de familia y de vida mientras siembran muerte en el debate y en la calle. Su amor es un negocio; su fe, una coartada. Su Dios, al parecer, es el mismo que bendice las espadas y santifica el desprecio. Porque si realmente creyeran en ese amor que predican, no estarían tan ansiosos por derramar la sangre de nadie. Pero la ansiedad los delata: saben que su tiempo de impunidad se acaba, y antes de perder el control, prefieren incendiar todo.

Que no me hablen de cristianismo quienes votan por el odio. Su legado no será el reino de los cielos, sino el registro de su propia hipocresía, escrito con la sangre que tanto anhelan ver correr.

Esa ansiedad no es espontánea: la alimentan discursos de odio desde ciertos púlpitos y tribunas mediáticas, que convierten al progresismo en un enemigo abstracto al que hay que exterminar, no convencer. El diezmo no es solo dinero, es también lealtad incondicional. Ellos exigen un diezmo de conciencia: que sus fieles entreguen su criterio y su humanidad a cambio de una salvación que solo ellos venden.

La sangre que quieren derramar no es solo física: es también la sangre simbólica de la esperanza, de la memoria, de los acuerdos de paz y de cualquier intento de construir un país más justo.

Pero que sepan: la sangre del progresismo no corre por venas individuales, sino por el río colectivo de quienes aún creemos que otro mundo es posible. Un mundo sin dioses ni amos que nos vendan el amor a cambio de sumisión.


SU AMOR ES UN NEGOCIO. SU FE, UNA COARTADA.